“La agrupación que convirtió las fiestas en cultura comunitaria”
Vicente Noble, Barahona, RD. – A finales de la década de los sesenta surgió en este municipio la agrupación La Jacha y Punto, fruto del amor por la guitarra de su fundador Orvito Salustiano González, quien convirtió las fiestas familiares y encuentros de amigos en auténticos espacios culturales. Con el tiempo, la guitarra se acompañó del acordeón, logrando un estilo contagioso que se convirtió en identidad propia.
Orvito, nacido el 8 de junio de 1939 en Vicente Noble, falleció el 26 de octubre de 2024 en Aruba, a la edad de 85 años, dejando un legado imborrable en la memoria cultural de su pueblo.
La agrupación se distinguió por su ritmo alegre y popular, interpretando merengues a guitarra. Entre sus músicos más recordados figuran Morales Reyes, conocido como Moralito, con su peculiar forma de tocar la guitarra; Dulce Madora en el acordeón; Pedro La Jacha como percusionista (tamborero); Willians “Candesita” en la trompeta; Cuqui, pianista de Barahona; Santo Combí desde Tamayo en el saxofón; y Vinicio en la güira. Rafelito “Negrita” cantante, cuya voz dio vida y fuerza a cada interpretación, acompañando a su fundador y cantante principal. El jaleo del saxofón, el raspado de la güira, la tambora de Pedro y la voz de Radelito encendían cada presentación, convirtiendo cada fiesta en un estallido de alegría.
Además de animar fiestas privadas, La Jacha y Punto se presentó en los bares del municipio que entonces existían, como los de Lowesky Brito, el bar de Callejón, y Andrés Fren, donde la comunidad disfrutaba de su música vibrante. Su sonido se expandió hacia los pueblos de Canoa y Jaquimeyes, y más allá, hasta Tamayo y zonas aledañas, consolidándose como referente de la música comunitaria.
La Jacha no solo fue una orquesta local, sino que trascendió las fronteras sureñas cuando pernoctó por la provincia Sánchez Ramírez, específicamente en el municipio de Cotuí, alegrando con su ritmo a esas comunidades.
Más que una agrupación, La Jacha y Punto fue un espacio de encuentro y celebración. Su música acompañó generaciones y fortaleció la identidad vicentina, demostrando que la pasión por la guitarra, el acordeón, el tambor, la güira, el saxofón, el piano y la voz podía convertirse en símbolo de orgullo.
Por Genofóntes Urbáez – Minuto Cero RD







